Ante la era de la IA, mis sentimientos son siempre encontrados
Ante la era de la IA, mis sentimientos son siempre encontrados.
La cara fascinante es que ante mí hay siempre un caudal inagotable de conocimientos nuevos, tantos que el tiempo de una persona no basta, ni de lejos, para abarcar semejante volumen de información; pero la cara desalentadora es que la IA también nos lleva a menudo a dar rodeos: presume de entender lo que no entiende, alucina e incluso es incapaz de captar con precisión ciertas operaciones y significados concretos.

Un día entero, y cuatro quintas partes en prueba y error
Hoy dediqué mucho tiempo a tantear una herramienta nueva, con el fin de jubilar un método viejo al que llevaba veinte años acostumbrado, pero que ya no da la talla para las necesidades de hoy. Era una transición que no tenía más remedio que afrontar.
Repasando la jornada entera, cerca de cuatro quintas partes del tiempo se fueron en prueba y error y en andar a tientas, y solo la quinta parte crucial fue la que de verdad rindió fruto. Aunque al final alcancé mi objetivo sin contratiempos y ahorré, en efecto, un tiempo considerable de cara al futuro, no lograba quitarme la sensación de que aquellas cuatro quintas partes de esfuerzo se habían gastado un tanto en balde.
Si se pudieran ahorrar los costes de los rodeos
No puedo evitar pensarlo: si pudiéramos ahorrar todos estos costes de los rodeos y volcarlos por entero en productividad, entonces el conocimiento que podríamos asimilar crecería, sin duda, varias veces.
Quizá sea justo esta la limitación de la IA en la etapa actual. Ya es tan potente que uno no puede prescindir de ella, y sin embargo no está aún lo bastante madura como para confiar plenamente en ella. Pero, visto desde otro ángulo, este estado de «aún no del todo a punto» hace que uno anhele con más ganas su evolución y su madurez futuras.
Con contradicción y todo, el camino, pese a todo, hay que seguir andándolo hacia delante.