El fondo «sucio» en la astrofotografía: mejor negro que sucio
Cualquiera que haya fotografiado nebulosas habrá tenido, seguramente, esta experiencia: el tiempo de exposición no basta, la relación señal-ruido (SNR) es insuficiente, y aun así deseas con toda tu alma sacar a la fuerza esas nubes oscuras apenas perceptibles (por ejemplo, la IFN, la luz estelar integrada dentro de la Vía Láctea). ¿El resultado? En el fondo empiezan a aflorar manchas de color, semejantes a lamparones, una tras otra.

En los foros de habla inglesa, a esta sensación la llaman «muddy» (fangosa, embarrada), una descripción de lo más gráfica.
Esta «suciedad» no es del todo lo mismo que el simple ruido de fondo: es un fenómeno Mottled/Blotchy (moteado, apelmazado) producido por un procesado excesivo. Y, en cuanto le añades encima una reducción de ruido potente, la imagen puede llegar a mostrar incluso un antinatural «aspecto plástico» o «aspecto de figura de cera»; si a esa textura le sumas el ruido de fondo, la gradación tonal de los objetos celestes de toda la foto queda arruinada.
Entre los aficionados del extranjero circula a menudo una frase que, en mi opinión, da muy en el clavo:
“You can’t stretch what isn’t there.”
Que significa: no puedes sacar lo que, de entrada, no está ahí. Estirar a la fuerza datos que no existen solo engendra un montón de artefactos (Artifacts), no detalle verdadero.
Por eso el consenso general dentro del mundillo suele ser este: «mejor negro que sucio». Antes que forzar un montón de manchas sucias en pos del detalle extremo, más vale mantener el fondo limpio y nítido.
Comprender dónde están los límites de los datos que tienes en la mano es la verdadera clave para que una obra aguante muchas miradas. De tiempo de exposición nunca se tiene de sobra, y esta verdad, en la fase de posprocesado, suele mostrarse especialmente cruel: lo que no está en los datos, no hay software, por potente que sea, capaz de conjurarlo.