Una pesadilla: el lavaverduras, el hortelano y el cocinero de un restaurante
Ayer tuve un sueño y, al despertar, me pareció a la vez irritante y divertido: una pesadilla en toda regla. Voy a anotarlo, sin más, tal cual fue.
Cambié de restaurante
En el sueño, el restaurante al que voy todos los días había quebrado, así que me pasé a comer a uno cercano que se anunciaba como de alta gama.
Nada más entrar, descubrí que quien me atendía era el lavaverduras. El lavaverduras me dijo que tenían un cocinero capaz de preparar platos deliciosos. Confiando en la profesionalidad del restaurante, pedí primero un plato para probar.
Resultó que aquel plato no sabía muy bien y el estómago tampoco me quedó del todo bien. Aun así, por cortesía, en ese momento no me quejé al lavaverduras que me atendía, sino que entré yo mismo en la cocina a echar un vistazo.
Solo en la cocina descubrí la verdad
Al llegar a la cocina, descubrí que el llamado «cocinero» que estaba guisando, en realidad no era un verdadero cocinero, sino el hortelano.
Y las verduras sobre la encimera que aún no habían ido a la olla parecían, en cambio, de calidad aceptable. Así que le dije a aquel hortelano que cambiara un poco el proceso de cocción, y que así el plato debería salir más OK. El hortelano, entre incrédulo y crédulo, siguió mis palabras e hizo otro plato.
Después de comerlo, me pareció que a duras penas se podía tragar, pero, la verdad sea dicha, la calidad de este plato seguía sin estar a la altura del precio marcado en la carta.
Un diálogo tragicómico
Al terminar el segundo plato, le dije al lavaverduras encargado de atenderme: en ese caso, de ahora en adelante me basta con comprar directamente las verduras que cultiva el hortelano.
Contra todo pronóstico, al lavaverduras no le hizo mucha gracia oír aquello y me replicó: precisamente porque yo le enseño a cocinar al hortelano, la comida sale así, sin ajustarse a mi paladar y encima dejándome mal el estómago. Me aconsejó confiar en los profesionales: que viniera varias veces al día a comer lo que guisa el hortelano y, poco a poco, acabaría acostumbrándome.
Si no, dijo, también podía ir al restaurante que abrió el maestro del hortelano: allí es donde todos los hortelanos aprendieron a cultivar verduras. Solo que ese queda un poco lejos, a un trayecto en coche de aproximadamente una a dos horas.
Le dije que no podía conducir tan lejos para cada comida. Pero el hortelano me contestó: no hay remedio; si uno quiere comer cosas buenas, siempre hay que sacrificar algo. Le pregunté qué tal cocinaba el cocinero de aquel restaurante. Y él dijo que no lo sabía, que fuera yo mismo y ya lo entendería.
Y entonces me desperté
Al final me armé de valor: puesto que no me vendían las verduras sin cocinar y la comida ya guisada apenas se podía comer, más valía cambiar de restaurante sin más.
En ese momento, el lavaverduras encargado de atenderme volvió a tomar la palabra y dijo: en realidad, a cinco minutos en coche de aquí hay otro restaurante más, abierto por un amigo del maestro del hortelano; puede ir a probarlo, ellos colaboran con agricultores…
Y entonces me desperté.
Menuda pesadilla.